“Hippieland” está en Pai

El despertador sonó temprano, a las 8:00 para ser exactos. Parecía que teníamos prisas por salir de Chiang Mai. Pero nada más lejos de la realidad. Quizás si estábamos algo decepcionados por la ciudad, ya que en muchos sitios lo venden como un remanso de paz, cuando fácilmente te puedes llevar una hora metido en el coche en medio de un atasco sin fin. Pero el motivo real de tal “madrugón” era que nos íbamos a Pai, aunque sin saber muy bien cómo. En los dos días anteriores habíamos visto que la mayoría de “guesthouse” y hostales también funcionaban como organizadores de excursiones y viajes. Y la oferta era de lo más variada: excursiones de “trekking” de dos días por la selva, paseos en elefante, visitas al zoo de Chiang Mai, curso de masaje tailandés o cocina tailandesa y un largo etcétera. La tarde anterior, mientras regresábamos de Doi Suthep, ya fuimos mirando en los tablones de algunos sitios para ir comparando precios y, por supuesto, le preguntamos a nuestra anfitriona Potei. Ella nos lo dejaba por un precio un poco más elevado de la media que teníamos en mente, así que salimos en busca de un sitio algo más económico. Pusimos rumbo al centro, que es por dónde podríamos encontrar más “agencias” que nos facilitará el viaje a Pai. Y dimos con el pintoresco nombre de Mama’s place, un restaurante-agencia-hostal regentado por una señora, que era la “mama”: pendiente de todo y de todos, siempre con la sonrisa en la cara, aunque se le adivinaba unos grandes coj… por dentro (sin malinterpretar, no era un “lady-boy”). Allí encontramos el viaje a Pai por 160THB (unos 3’5€) en una mini-van (furgoneta acondicionada para llevar a 12 ocupantes más el conductor y dos asientos de co-pilito) con aire acondicionado en un trayecto de cuatro horas.

En un principio solo teníamos que esperar unos 15 minutos para que vinieran a recogernos, que se convirtieron casi en hora y media. Pero no hay mal que por bien no venga: nos valió para darnos cuenta que no habíamos reservado alojamiento en Pai. Así que entramos en booking.com y buscamos algo asequible. Parecía ser que Pai estaba de bote en bote y lo más económico que encontramos fue el Pai Bamboo Hut, un bonito lugar que cuenta con el handicap de estar a unos kilómetros del pueblo, pero con lo que nos ahorrábamos en comparación con el resto de los sitios, podríamos alquilar una moto y llegar hasta allí. Una preocupación menos.

Así estuvimos hasta que llegó una camioneta azul, del estilo que cogimos el día anterior para ir a Doi Suthep, que nos llevaría hasta el lugar desde dónde saldría la mini-van. Recorrimos Chiang Mai de hostal en hostal recogiendo a más viajeros con nuestro mismo destino y con los que luego compartimos viaje. Luego, la camioneta paró en lo que parecía un parking privado y nos adentró por un corto callejón hasta llegar a una gran avenida dónde había aparcados varios mini-vans. Rápidamente nos organizaron en dos vehículos y nos pusimos en camino, haciendo una parada previa en una gasolinera (cosa que quieras o no, tranquiliza bastante).

La primera hora de viaje fue de lo más tranquilo, circulando por una carretera bien asfaltada, con dos carriles hacía cada lado y prácticamente recto. Pero las condiciones fueron cambiando poco a poco: primero pasamos a una carretera de doble sentido, atravesando pequeños pueblos. Luego pasamos a las curvas entre un bosque cada vez más cerrado. Y por último llegaron las cuestas con curvas de 180º en las que el conductor invadía el carril contrario sin miramiento o hacía adelantamientos en zonas sin apenas visibilidad y apurando las marchas hasta el punto de pensar que el enano del motor de un momento a otro nos haría un corte de manga y se quedaría sentado en una roca. Aun así, hicimos una parada de unos 20 minutos en una “venta” para tomar un refrigerio y coger fuerzas para otras dos horitas de divertida montaña rusa.

Obviamente, no todo son quejas sobre este viaje: la sensación de estar entrando en territorio virgen y las vistas cada vez más espectaculares conforme subíamos las montañas, hacían el trayecto mucho más ameno (y te quitaba de pensar en la familia del chófer).

Y por fin llegamos a Pai. Es un pueblo situado en un gran valle formado por el Río Pai, facilitando la agricultura en una zona altamente montañosa.

Valle de Pai

Foto del Valle de Pai tomada unos días después

El mini-van nos dejó en pleno centro bullicioso de Pai. Nada más colocarnos las mochilas a los hombros, nos asaltaron varios lugareños preguntándonos si teníamos alojamientos y a todos íbamos diciéndoles que no, hasta que una chica que no era del lugar dio en el clavo: nos enseñó una plano con la localización del hostal que ella promocionaba. Estaba cerca del centro de Pai y además junto al río. Apuntaba bien. No teníamos hora de llegada al otro lugar, por lo que decidimos ir a verlo, por si nos molaba y decidíamos volver al día siguiente. La chica llamó a su jefe, que resultó ser uno de los que primero rechazamos, y nos montamos en su moto con “sidecar” (era un cajón de metal con una rueda) para ir a ver el sitio.

Salimos de aquella calle abarrotada de gente por todas partes y bajamos por una calle que descendía hasta el río, seguimos unos 100 metros por un caminito de tierra hasta que llegamos a un cobertizo que hacía las veces de aparcamiento y que estaba junto a un puente colgante que cruzaba el río Pai.

Puente colgante Pai Park

Puente colgante a Pai Park

Pasar el puente ya fue algo que nos encantó. Además, del otro lado se veían pequeñas cabañas y bungalows que parecían ser los alojamientos que se alquilaban. Mientras cruzábamos y acercábamos a la recepción, el hombre nos fue explicando que había varios tipos de alojamiento y varios precios: desde 300THB (casi 7€ por un bungalow con baño privado y ventilador) a 500THB (poco más de 11€ por un bungalow con un ventanal enorme hacia el río y aire acondicionado). Nosotros elegimos el de 300THB porque desde el que nos estaba enseñando el hombre ya se escuchaba el agua del río. Estábamos alucinando que por ese precio pudiéramos estar en un paraíso como aquel. Así que accedimos a booking.com para cancelar gratuitamente la reserva en el otro alojamiento y nos quedamos en Pai Park Cottage.

Después de aquello y de reírnos un poco gracias a nuestra suerte, solo dimos una vuelta por el pueblo. A partir de las 18:00 cierran al tráfico rodado un par de calles principales y se llenan de puestos de comida y de souvenirs, en un ambiente de total tranquilidad. Son las llamadas “Walking Streets“. La paz y sosiego que venden para Chiang Mai estaba entera en Pai. Cenamos por los puesto callejeros cualquier cosa de 10 o 20THB (entre 0’22€ y 0’44€), gastándonos en total 40THB (no llega al Euro), compramos en una tienda una cerveza grande de la marca Chang por 50THB (1’10€) y nos fuimos a dormir tranquilamente decididos a que al día siguiente cogeríamos con más ganas este pequeño paraíso de Pai.

Hasta la próxima. Un gran abrazo para todos.

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Acerca de FranJBeja

Licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas, llevo los últimos meses viajando mientras intento reciclarme profesionalmente.
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