Mae Hong Son nos quiere

Un nuevo domingo llegaba a nuestra vidas y en nuestra mentes ya teníamos claro el siguiente paso a dar: cambiar montañas por playas. El primer lugar elegido sería Sri Racha, un pequeño pueblo costero al suresta de Bangkok y cercano a la famosa ciudad de Pattaya.

Pero no nos adelantemos a los acontecimiento porque aun nos pasaron algunas cosas más en Mae Hong Son.

Con el desayuno en el estómago y antes de colgarnos la mochila en los hombros, trazamos el plan perfecto: aun nos quedaban un par de horas para cumplir el plazo límite para entregar la motocicleta, así que aprovecharíamos para llevar los bultos hasta la estación de autobuses y luego yo me encargaría de entregar la moto en su sitio y volver andando hasta la estación libre de peso.

Pues dicho y hecho. Nos montamos en la scooter y pusimos rumbo a la estación. Miriam se quedó a cargo de los bártulos y compraba los billetes, mientras que yo rellenaba el depósito de gasolina y entregaba la moto a un par de kilómetros de la estación y volver andando, eso si, parándome a comprar unos dulcecitos.

Pero cuando llegué de vuelta a la estación, Miriam me comentó un problema: no había luz en la estación y, por lo tanto, los ordenadores no funcionaban. Es decir, no podíamos comprar los billetes. A pesar de eso, los taquilleros nos insistían que para salir hoy (ese día) no había sitio, que estaba todo vendido.

No nos dimos por vencidos, queríamos comprar los billetes para salir al día siguiente.

“No es posible, los ordenadores no funcionan. Pero os podemos apuntar aquí para que mañana cuando vengáis a comprar los billetes, estén reservados.”

Perfecto, una preocupación menos: al día siguiente estaríamos en marcha y además en Mae Hong Son no se está tan mal.

Volvimos andando hasta el hostel en el que estábamos hospedados y acababan de limpiar la habitación en la que dormíamos. Y sin problemas pudimos quedarnos de nuevo en ella, entre risitas de la dueña. En verdad, también nos hacía gracia volver tras habernos despedido.

Decidimos no alquilar de nuevo la moto para ahorrar algo de dinero aunque eso significara de nuevo otro pateo con las mochilas a cuestas hasta la estación. No nos importaba, somos jóvenes.

El día lo pasamos plácidamente, leyendo, viendo series en el ordenador y terminando de puntualizar cuales serían los siguientes destinos más allá del siguiente autobús.

Esa noche de más sirvió para conocer a Claudio, un chico chileno que vendió sus posesiones para viajar durante un año alrededor del mundo. Había pasado por casi toda Europa y gran parte de Asia, y a penas le quedaban un par de meses antes de volver a su país y empezar de nuevo a trabajar. Fue una conversación agradable, en español, por supuesto. Pero llegó la hora de cenar y de dormir, despidiéndonos de Claudio que al día siguiente haría algo de turismo por Mae Hong Son antes de poner rumbo a Chiang Mai.

Nosotros cenamos en el Walking Street que ponen cada noche junto al lago y dormimos plácidamente con ganas de iniciar el viaje al día siguiente.

Y llegó un nuevo lunes a nuestras vidas. Volvimos a despedirnos de los dueños del Johnie Guesthouse, compramos algunas viandas para el camino y empezamos a andar hacia la estación de autobuses.

Con respecto al día anterior algunas cosas habían cambiado allí. Entre ellas una era que había luz y los ordenadores funcionaban. Otra cosa era que la muchacha de la taquilla era otra. Esto último no nos agradaba mucho.

Le explicamos todo lo ocurrido el día anterior y que su compañera nos había apuntado en un papel para reservarnos en cualquiera de los viajes a Bangkok. Pero la chica no sabía nada de ese papel y añadía que estaban todas las plazas ocupadas.

Realmente estábamos ofuscados e insistíamos en que la compañera nos tenía reservados los billetes, pero nada, la chica solo se limitaba a mostrarnos una de las facetas de la famosa sonrisa tailandesa, la de: “me da igual lo que digas, esto es lo que hay“.

Totalmente indignados, compramos los billetes para el día siguiente. Volvimos andando de nuevo hasta el hostel, donde la dueña sonreía (está sonrisa si que era más cálida y divertida) al vernos de nuevo por allí. Por supuesto, teníamos la misma habitación aunque las caras un poco más largas.

Pasamos la tarde igual que el día anterior, pero esta vez no nos encontramos ningún Claudio con el que conversar. Salimos a cenar y justo en nuestro lado del lago habían montado un escenario que dejaba un foto preciosa.

Wat Chong Kham en el escenario del lago

Wat Chong Kham en el escenario del lago

Continuamos el paseo junto al lago, viendo los puestos artesanías, ropa, objetos curiosos y comida, decidiendo la cena.  De repente vemos como del templo Wat Chong Kham aparecieron unas luces que se elevaban en el cielo.

'Chedi' de Wat Chong Kham

‘Chedi’ de Wat Chong Kham

De la puerta del templo salió un pequeño grupo de chicas sonrientes que miraban y señalaban hacia los globos. Les preguntamos si eran suyos y nos respondieron que si, que en el templo se podían comprar y lanzar.

Nos encantó la idea de poder llegar al cielo, así que entramos al templo. Para nuestro asombro tenían el chiringuito perfectamente montado e incluso había distintos modelos de globos de papel para elegir. Escogimos el mediano por 80THB (1’80€) y escribimos en él un mensaje para todo el mundo: “CUMPLE TUS SUEÑOS”

Nuestro deseo al mundo

Nuestro deseo al mundo

Encendimos la vela interior que calienta e hincha el globo y lenta y cuidadosamente dejamos que subiese al cielo. Nos quedamos sonriendo mientras se alejaba en las alturas hasta convertirse en una estrella más, para luego desaparecer.

Tras cenar, volvimos a nuestra habitación para dormir tranquilamente y prepararnos definitivamente y con toda seguridad para el largo viaje del día siguiente.

Como siempre, os doy las gracias por leernos y espero que os haya gustado y si es así, no os olvidéis de comentar, darle al “Me gusta” o compartir para ayudar a este blog crecer un poquito más. Todo esto se agradece de corazón.

¡Un abrazo!

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Acerca de FranJBeja

Licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas, llevo los últimos meses viajando mientras intento reciclarme profesionalmente.
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