Cambio de aires

Nuestra llegada a Sri Racha no fue del todo agradable. Como ya vimos en la entrada anterior, el autobús que nos traía desde Bangkok nos dejó casi a las afueras del pueblo.

Tras cruzar la peligrosa avenida, del estilo de las antigua Carreteras Nacionales que cruzan los pueblos, pero con dos carriles para cada sentido, nos adentramos entre unas calles de las que no llegaba muy buen olor.

Estábamos un poco perdidos y solo la intuición nos hacía andar en una dirección en la que pensábamos estaba el mar. Y eso que en nuestras manos teníamos un pequeño mapa del pueblo que aparecía en una vieja guía que habíamos conseguido en Mae Hong Son. Pero el mapa era tan pequeño que no salían las afueras.

Pero llegamos a otra gran avenida en la que ya se olía un poco a mar. Y además ya aparecía en el mapa. Intentamos guiarnos por el mapa y el resultado fue más de una hora de caminata infructuosa en la dirección incorrecta buscando el hotel que habíamos visto interesante en la guía.

Lo bueno de perderse es que ves cosas que difícilmente de otra manera puedes llegar a ver. Por ejemplo, nos metimos en barrios pesqueros cuyas casas de madera se adentraban en el mar y la calle terminaba en una especie de plaza sobre el agua en la que había algún bar o restaurante.

Cansados de andar, volvimos a la antigua usanza: preguntar a la gente por la calle. Poco a poco fuimos corrigiendo nuestra dirección y nuestro error, hasta que llegamos al cruce en la que aparecimos en aquella avenida con olor a mar.

Allí preguntamos de nuevo y rápidamente nos indicaron la dirección del hostel. Cuando llegamos a la zona que nos indicaron lo primero que vimos es que el agua aparecía entre las ranuras de las tablas de madera del suelo.

Nos acercamos al hotel, pero resultó estar completo. Algo que nos sorprendió porque no se veía mucho movimiento por ahí. Pero la recepcionista muy amablemente nos indicó que el siguiente camino de madera que se adentraba aun más en el agua, también era un hostel.

Hicimos caso de la indicación y nos metimos por ese camino de madera. En la recepción nos esperaba una señora con los 50 superados y detrás de ella una habitación en la que unos bebés lloraban y reían.

Había muchos tipos de habitaciones, pero nos quedamos con la básica que hasta ese momento nos había dado buen resultado: cama doble con baño propio y ventilador por 200THB (4’46€).

Tras dejar las mochilas y darnos una ducha para refrescarnos del largo viaje (casi 24 horas), decidimos explorar un poco más aquel extraño hotel que estaba sobre el agua. Nos adentramos por el único pasillo que conformaba aquella entrada. Vimos algunas puertas entreabiertas que dejaban ver un poco los otros tipos de habitaciones, algunas de ellas muy curradas en comparación al exterior decrépito.

Pero en un momento dado de las puertas en las habitaciones dejaron de aparecer números identificativos y el pasillo se dividía en dos para rodear otra habitación o habitaciones, empezaban a aparecer madres con sus bebés en brazos. Poco a poco fuimos cayendo de que, aunque la entrada fuera un hotel, el resto de aquella construcción sobre el mar era como un pequeño barrio como los que vimos antes durante que estamos perdidos. Es más, cuando llegamos a la plaza final de ese barrio y vimos al mar y el entorno, reconocimos la primera plaza en la que estuvimos esa misma mañana y desde la que, sin saberlo, habíamos echado una foto de nuestro propio hostel: Siwatana Hotel.

Siriwatana hotel

Siriwatana Hotel

Después de pasear por el “barrio flotante“, salimos de nuevo a la calle. En la puerta del hotel, había una mesa junto a la que se habían sentado dos hombres mayores. Uno de ellos nos preguntó en inglés de dónde eramos. Asombrados por la amabilidad de aquel extraño, respondimos alegremente que de España. El hombre sonriendo empezó a hablarnos en español. Resultó ser un ex-militar estadounidense que estuvo mucho tiempo destinado en Puerto Rico y Rota (Cádiz), dónde aprendió un poco de nuestra lengua. Nos contó un poco sobre la zona, además de decirnos sonriente que era el marido de la dueña del local.

Tras aquella amena charla, nos dirigimos hacia un parque cercano para tomar algo que nos calmara la sed antes de comer y de la siesta que nos habíamos ganado a pulso tras aquel viaje, con caminata incluida.

Anduvimos por algunos restaurantes buscando algo barato para comer hasta que dimos con uno. Ponían un arroz con cerdo que no habíamos probado antes. Y cuando dimos la primera cucharada nos invadió un sabor muy familiar. ¿Podría ser verdad? Pues si. Era el sabor más parecido al “puchero” que habíamos tenido en nuestro paladar desde que llegamos a Tailandia.

Imagino que entre la carne y el tocino del cerdo, además de alguna verdura cocida que tenía, le daba ese sabor que nos recordaba tanto a nuestras casas.

Felices y con la tripa llena, volvimos al hotel para la ansiada siesta, que se nos alargó hasta casi el anochecer, a pesar del calor que hacía en la habitación y que el ventilador nos conseguía sofocar.

Salimos con la intención de llegar hasta la cercana y pequeña isla de Koh Loi, que está unida a tierra por un largo puente. En los alrededores de ese paseo marítimo se encuentra el bien llamado “Parque de la Salud” (“Health Park“). Un parque pensado para hacer deporte, con los caminos señalizadas por zonas para ir más o menos rápido, grandes zonas de césped en las que había gente jugando al ‘frisbi’, máquinas para ejercitarse e incluso un escenario en el que en aquel momento había un profesor de aeróbic con gran público debajo ejercitándose. Y todo gratis.

También había un pequeño bar en el que estaban preparando el karaoke y una pista de ‘skate dónde los más jóvenes hacían sus piruetas.

Ya pasando el puente vimos nuestro primer atardecer sobre el mar:

Puesta de sol desde 'Health Park' en Sri Racha

Puesta de sol desde ‘Health Park’ en Sri Racha

Y en mitad del puente tuvimos que parar de nuevo:

Puesta de sol desde Koh Loi

Puesta de sol desde Koh Loi

Cuando llegamos a Koh Loi ya era noche cerrada. Nada más llegar, a la izquierda hay un escenario con un pequeña explanada de cemento y unas gradas rodeándolo, que imaginamos que normalmente está abierto al público, pero que aquella noche albergaba una especie de festival de naciones del sureste asiático en el que pudimos ver desde lejos un gracioso baile de chicas con trajes típicos de los países representados y portando sus respectivas banderas nacionales. Estuvo divertido.

Luego nos acercamos a lo que realmente nos llevaba hasta esa islita. Un templo budista de arquitectura china. Por desgracia ya estaba cerrado y no pudimos ver el interior, pero desde fuera se veía espectacular subida en aquella pequeña colina.

Si pudimos ver un nuevo altar a una deidad budista femenina (también las hay, al igual que monjas budistas. Aunque son poco corrientes). Aun había partes en construcción, pero el diseño era precioso, con una gran cantidad de detalles.

Seguimos rodeando la isla y disfrutando de la brisa no muy fresca que llegaba del mar del Golfo de Tailandia. Alcanzamos unos puestos de comida con intención de cenar por allí, pero al ver los precios decidimos dejarlo y buscar por tierra firme.

En la vuelta por el puente vimos un escenario curioso. A pesar de ser miércoles, a lo largo del puente pudimos observar como los jóvenes de Sri Racha se reunían allí alrededor de sus coches ‘tunning‘, algunos de ellos espectaculares y con un sonido brutal, a pesar de no ser muy amante de esta moda.

Ya en tierra firme, en la acera del otro lado del “Health Park” hay algunos restaurantes, incluido un italiano, pero nos sentamos en uno en el que los precios era más o menos razonables para nosotros. Con un revuelto de verduras, un arroz con pollo y un refresco pagamos poco más de 100THB (2’23€).

Tras cenar, fuimos despacito hasta el hotel para descansar ya que al ciudad siguiente nos poníamos de nuevo en marcha en busca de playa.

De nuevo espero que os haya gustado esta nueva entrada de nuestro Diario de Viaje. Si es así, recordaros que comentéis, que deis “Me Gusta” o compartáis para ayudar a crecer un poco este blog.

¡Un abrazo!

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Acerca de FranJBeja

Licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas, llevo los últimos meses viajando mientras intento reciclarme profesionalmente.
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