¿Y la playa?

El nuevo día comenzaba en Sri Racha y aun teníamos ganas de ver  una de las famosas playas de Tailandia. En concreto ese día iríamos buscando la playa de Pattaya. Famosa además por otras cosas.

Pero antes decidimos tomarnos ese día con calma, ya que no estábamos muy lejos del siguiente destino. Así que nos levantamos y fuimos a desayunar al sitio en el que el día anterior comimos aquello parecido al “puchero”.

¡Así da gusto empezar el día! Tripa llena y al lío.

Recogimos las mochilas del hotel y nos pusimos en sentido a la estación de buses de cercanía que nos llevara hasta Pattaya. Aunque el sentido era bueno, la dirección no. Nos alejábamos de la estación en lugar de acercarnos. Y eso que teníamos un pequeño mapa.

Eso nos dio para ver un par de mercados: uno que olía mucho a pescado y otro que olía mucho a animal muerto. El perderte también da la oportunidad de interactuar con los lugareños, a los que preguntamos por la estación y por cómo ir a Pattaya. A esto último nos aconsejaron que cogiendo una de las camionetas azules que paraban allí cerca, nos salía barato y nos dejaba en buen sitio.

Así que eso hicimos. Nos dirigimos hacia esas camionetas, preguntamos si iban hacia Pattaya y nos montamos. El viaje nos salió por unos 25THB (0’56€) cada uno para un trayecto de algo más de media hora.

En un principio pensamos que sería un viaje más o menos parecido al que hicimos desde Chiang Mai a Doi Suthep. Directo y sin ninguna parada. Pero fue algo diferente. La camioneta iba parando cada dos por tres y había gente bajando y subiendo todo el tiempo: aquí se bajan dos y suben cuatro., allá se bajan cuatro y suben cinco. La gente ya no cabía en la zona de asientos e iban sobre unas pequeñas plataformas en la parte de atrás, agarrados a las barras. Nos metimos en una carretera que podríamos decir principal y cualquier sitio era bueno para bajar y subir gente.

Tanto por aquella zona como por el resto de Tailandia se suele ver a bastante gente con mascarilla, aunque según en que sitios te entra la duda si es por el aire contaminado o por alguna alergia que tenga

Señora con mascarilla en la camioneta

Señora con mascarilla en la camioneta (y paraguas para el sol)

A lo largo del camino se fueron sumando otros “guiris” que parecía que vivían por aquellos lares.

Aunque el destino final era Pattaya, sabíamos que esta camioneta no nos llevaría hasta allí, sino que nos dejaría en un pueblo antes de nombre Naklua. En los días anteriores nos informamos de esto y para llegar a Pattaya habría que coger otra camioneta. Pero mirando en booking.com pudimos contrastar precios y ver que los precios en aquella zona eran un poco más baratos. Aun así, nos arriesgamos a no reservar nada y buscar la última oferta en el cara a cara.

Nada más llegar a Naklua nos ofrecieron subir a la siguiente camioneta hasta Pattaya, pero rechazamos la oferta para buscar a pie y con el mini-mapa de la guía una pequeña playa que pertenecía a ese pueblo. La camioneta nos dejó en un pequeño barrio por lo que tuvimos que callejear un poco hasta llegar a una avenida principal que comunica con Pattaya.

Estuvimos andando como tres o cuatro kilómetros hasta que, desesperados, nos dimos por vencido y no hacer más casos ni de la guía ni del mapa. Hay que decir que al “cabezontauro” (adjetivo “cariñoso” que se inventó mi hermana para mi) que se le ocurrió buscar a pie porque estaba cerca, fue a mi.

Pero, ¡o casualidades de la vida!, vimos un cartel de un lugar que si señalaba el mapa. Un centro turístico llamado “el Santuario de la Verdad” (“Sanctuary of Truth“) y que sabíamos que tenía una pequeña playa cerca.

Así que nos adentramos en una calle siguiendo las indicaciones. Se veía algo de movimiento con varias tiendas de ropa, alimentación y alquileres de motocicletas. Pero algo nos llamó sobremanera: la inmensa de mayoría de los carteles estaban en ruso.

Aprovechamos que había varios alojamientos para ir preguntando precios y ver si se ajustaban a nuestro presupuesto, que tras ver los precios en booking.com, pudimos observar que era bastante más caro de lo que estábamos acostumbrados. Aunque ya a esas alturas el cansancio estaba haciendo mella en nosotros.

Seguíamos adentrándonos en la calle, pero por allí no se veían indicios de playa:  no se veía gente con toallas en los hombros ni nada por el estilo. Y en lo que se adivinaba que era el final del camino, había unos inmensos bloques, alguno de ellos en obras.

Con el cansancio a cuestas y el estrés de que llevábamos más de horas caminando, entramos en un hotel que parecía estar en obras. El aire acondicionado, al entrar, nos extasió. La piscina que se veía de fondo nos cegó. Y finalmente el precio se ajustaba a lo que teníamos estipulado: 400THB (8’98€). Decidimos quedarnos allí, aunque no podríamos entrar en la habitación hasta pasada una hora porque estaban terminando de limpiar las habitaciones.

Ese inconveniente nos vino bien, porque de esa manera podíamos dejar las mochilas allí y seguir investigando aquella calle, no sin antes comprar una botella de agua para aliviar la sed.

Continuamos andando y los edificios cada vez se iban haciendo más grandes frente a nosotros, pero por allí no encontrábamos indicio alguno de que hubiese playa.

Hasta que por fin llegamos a una barrera que prohibía “el paso a toda persona ajena a la propiedad”. Nuestro gozo en un pozo. Volvimos cabizbajos hacía el hotel, pero con el consuelo de que allí tendríamos aire acondicionado y… ¡¡piscina!!

Llegamos al hotel casi justo a tiempo para subir las mochilas a la habitación. Aprovechamos para preguntar si había alguna playa cerca y la chica de recepción nos respondió “no” mientras nos miraba con cara de “estos son tontos“.

Otro de los inconvenientes de que el hotel estuviese en obras era que los ascensores no funcionaban, así que nos tocó subir hasta un cuarto por la escaleras. Pero el aire acondicionado de la habitación premió nuestro esfuerzo.

Tras esa mañana y vistas las circunstancias, teníamos claro lo que íbamos a hacer esa tarde: dormir fresquitos la siesta y baño largo en la piscina. Y eso hicimos tras comer en un puesto cercano unos ‘noodles‘.

La tarde y la noche pasaron tranquilas, preparándonos para al día siguiente visitar Pattaya: paraíso sexual.

Hoy ha salido otra entrada con pocas fotos, así que espero que al menos hayáis disfrutado con la lectura. Ya sabéis, si os gustado de verdad nos ayudáis dándole al “Me gusta“, compartiendo o comentado. Y sin más, os espero en la próxima entrada. Hasta pronto.

¡Un abrazo!

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Acerca de FranJBeja

Licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas, llevo los últimos meses viajando mientras intento reciclarme profesionalmente.
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