El Benidorm de Tailandia

La mañana se iniciaba con una media sonrisa en nuestras caras sabiendo que ese día por fin podríamos bañarnos en las playas de Tailandia.

Tras los dos últimos días de caminatas sin saber muy bien dónde íbamos, por no tener nada reservado, la noche anterior decidimos dedicar un rato a buscar algún tipo de alojamiento cerca de la playa.

Así que entramos en booking.com y tras ver y estudiar muchos hoteles nos decantamos por uno con el sugerente nombre de Money Motel. Bajo nuestro punto de vista era el que mejor calidad-precio presentaba.

Así que nos dirigimos hacia la avenida principal que conecta directamente Naklua con Pattaya y nos montamos en una camioneta.

En unos 10 minutos recorrimos el par de kilómetros que nos separaba de uno de los cruces principales de Pattaya y que dejaba la playa a unos metros. Según la descripción en booking.com, el motel no debería de estar muy lejos.

Nos bajamos alegremente de la camioneta y empezamos a andar por otra arteria principal de Pattaya, la avenida de Pattaya North. Una avenida que tiene separadas las direcciones de circulación con un parterre con algunas platas y unas farolas con forma de delfines.

Conforme subíamos la avenida nos alejábamos de la playa y eso no podía ser porque la descripción ponía que estaba a apenas 500 metros de la playa.

Llegamos a caminar cerca de un kilómetro con las mochilas a cuestas y un calor sofocante. Llegados a cierto punto, y con los nervios a flor de piel por ser el tercer día que nos pasaba lo mismo, decidimos bajar la misma avenida y empezar de nuevo.

Cuando llegamos al cruce del principio de la avenida, Miriam y yo llegamos a un acuerdo: ella se quedaba con las mochilas y yo pateaba un poco más e iría más rápido sin el pero del macuto.

Así que empecé de nuevo a buscar, esta vez adentrándome en calles para poder encontrar al menos alguna indicación o algún sitio que recordara a alguna de las imágenes que aparecían en la descripción de booking.com.

Tras un par de kilómetros en dirección contraria a la playa por fin vi el primer cartel de nuestros motel. Había que adentrarse por una pequeña calle que daba a un aparcamiento de otro hotel y después otro callejón que desembocaba en la puerta del motel.

Hubo mezcla de emociones al verlo: alegría de encontrarlo tras un par de horas de búsqueda y triste por tener que mentir en un perfil para poder venderse más.

Localizado el sitio tocaba desandar lo caminado y volver a encontrarme con Miriam. Al llegar de nuevo al cruce comentamos la posibilidad de buscar otro lugar por aquella zona y de hecho eso hicimos. Ahora le tocaba a Miriam andar un poco mientras yo descansaba junto a las mochilas.

Pero no encontramos nada, por lo que nos pusimos las mochilas a los hombros y empezamos a caminar en busca del “Money Motel”.

Al llegar al motel e inscribirnos, no nos cortamos y comentamos la información falsa que aparecía en Internet, a lo que la señorita nos respondió con la famosa ‘sonrisa tailandesa‘ de: “quéjate lo que quieras, pero esto es lo que hay”.

En fin, entramos en la habitación y se confirmaba una de nuestras sospechas: aquello era un motel de encuentros, es decir, el sitio donde los “guiris” se iban con la ‘puti’ de turno. Nos lo explicaba perfectamente una cristalera opaca que separaba dormitorio de baño y en el que había dibujado un hombre penetrando a una mujer.

Eso nos valió para reírnos un rato y descargar cierta tensión por tener que vivir otro día de caminatas injustificadas. Lo cierto es que para ser un local de ese tipo, había bastantes familias alojadas allí.

Era hora de comer y optamos por buscar algún sitio para comer de camino a la playa. Y buscando, buscando llegamos otra vez al principio de la avenida. Allí, justo en la esquina en la que nos estuvimos esperando, había un restaurante con una carta amplia y parecía bastante asequible. Nos pedimos un arroz con pollo para los dos y después de casi tres semanas en Tailandia, volvíamos a probar “western food“, es decir, comida occidental. Nos comimos una hamburguesa con todos sus avíos que nos supo deliciosa.

Felices por tener la tripa llena nos encaminamos hacia la playa, que esta vez si, a penas estaba a unos 500 metros (cuesta abajo además).

Pero al llegar nos inundó la decepción. En apenas unos metros habíamos pasado de estar en Tailandia a trasladarnos a Benidorm o Torremolinos.

Un paseo marítimo junto a un par de metros de arena que es lo que se considera playa. Para más inri, la poca arena que había estaba casi totalmente saturada de sombrillas y hamacas para alquilar, por lo que encontrar un sitio para colocar la toalla era misión casi imposible.

Aun así encontramos el hueco en el que pudimos extender la toalla y tumbarnos un poco antes de probar el agua. El tiempo aquel día había cambiado bastante a lo largo del día: de amanecer con un sol radiante había pasado a estar nublado en aquel momento, incluso amenazante de lluvia. Eso no fue obstáculo para meternos en el agua.

El mar estaba en calma y reflejaba un poco el gris del cielo, pero nos sorprendió lo cálida que estaba el agua. No daban ganas de salirse y si de quedarse flotando. La temperatura perfecta para quedarte durante horas.

Mientras Miriam aprovechaba más el agua, yo me dediqué a andar un rato por la poca orilla que quedaba para husmear y conocer un poco mejor aquella zona. Aquello era una fila infinita de un hotel tras otro, algunos muy curiosos en su arquitectura, pero toda la magia que descubrimos en el norte de Tailandia se esfumaba aquí.

Estuvimos allí poco más de un hora porque el tiempo se estaba poniendo algo feo y teníamos que volver al motel, por lo que nos pusimos en marcha.

Por el camino paramos en un Tesco, una cadena de supermercados del estilo Carrefour. Allí compramos la cena para aquella noche y cereales y batidos para desayunar en los siguientes días.

Al igual que en España en el Carrefour, antes de entrar a lo que en sí es el supermercado, hay una serie de tiendas y stands de ropa, comida o accesorios. Allí había una de música en la que vendían ukeleles a un precio bastante asequible.

Estuvimos allí como media hora discutiendo y haciendo cuentas sobre que modelo elegir. Finalmente nos decantamos por uno baratito para poder ir aprendiendo.

Cuando llegamos al motel imagino que los vecinos se acordarían de nosotros y de alguno de vosotros mientras aporreábamos el ukelele intentando sacarle alguna nota reconocible.

Y así pasamos la noche. Pattaya es mundialmente conocida por su turismo sexual. Gentes de todo el mundo van a aquel lugar en busca de sexo con chicas de cualquier color, edad u orientación. Aun así, mucha gente recomienda visitar el, digamos, “barrio rojo” de Pattaya por su vistosidad y por lo curioso del escenario.

Nosotros decidimos quedarnos en el motel porque tras la decepción de la playa y lo caro del motel, preferíamos probar en otro lugar. Esta vez apostaríamos sobre seguro e iríamos a una isla: Koh Samet.

Pero eso ya es historia para otra entrada. Esta espero que os haya gustado y si es así, ayudadnos comentando que os ha parecido, o dándole al “Me gusta” o a compartir. Un lindo gatito sonríe cada vez que hacéis esto. Nos vemos en la próxima entrada.

¡Un abrazo!

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Acerca de FranJBeja

Licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas, llevo los últimos meses viajando mientras intento reciclarme profesionalmente.
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